lunes, 18 de mayo de 2015

Fragmentos: Erebos.

Noche
En mi cama
permanezco despierta
detrás de una valla empalizada
de mantas y almohadas.
Con los ojos bien abiertos
acecho criaturas susurrantes,
que huyen de la luz del día,
oscuras mellizas de mis pensamientos.
Con los brazos estirados
busco a tientas lo fiable
y no me encuentro ni a mí misma.
En mi cabeza sólo traquetea un remolino de plegarias
regulares, incomprensibles, desquiciadas,
y rezo por un armisticio
entre la noche y el día,
por unos granos de arena en los ojos
y por la primera luz de la mañana,
que es tan pálida como tú.

Siempre he tenido curiosidad por los textos que salen al final de algunos capítulos, estos textos tan confusos. ¿Quién los dice? ¿Nick? no lo creo...

Con cada día que pasa mi realidad vale menos. Es intensa y sin orden, es imprevisible y ardua.
¿Qué puede hacer la realidad? Te da hambre, sed, insatisfacción. Causa dolor, transmite enfermedades, obedece a leyes ridículas. Pero, ante todo, es finita. Siempre conduce a la muerte.
Lo que cuenta y da fuerza son otras cosas: las ideas, las pasiones e, incluso, la locura. Todo lo que se eleva por encima de la razón.
Le retiro mi aprobación a la realidad. Me niego a colaborar con ella. Me entrego a las tentaciones de los que aspiran a algo que está más allá de este mundo y me lanzo con todo mi corazón a la infinitud de lo irreal.

Lograr. Obtener. Destruir.
Para cada una de estas misiones los hindúes cuentan con una divinidad. Yo las llevaré a cabo solo.
He logrado lo que nadie ha logrado antes de mí, pero el mundo no es mi testigo, y jamás lo será.
Después intentaré proteger lo logrado, con todas mis fuerzas, con toda mi voluntad. Con dolor, a veces con lágrimas, pero de todos modos con un sacrificio de víctimas considerable.
Entonces destruiré. ¿Quién podrá reprochármelo? Si hay justicia, por lo menos habrá que lograrla.
Hubiera preferido ser creador y entonces me hubiera alegrado por mi creación, me hubiera gustado cuidarla, compartirla con los demás. Pero de la destrucción también surgen cosas interesantes. Es en ese fin donde radica su atractivo.

Algunos dicen que es necesario haber nacido para triunfar.
Cuanto más lo pienso, más de acuerdo estoy. La decepción de no pertenecer a los elegidos la he superado desde hace mucho tiempo, pero no me siento capaz de soportar otra derrota. Si logro triunfar al final no estaré allí. Eso está más que claro. No se requirió mi presencia en la final, los actores serán otros. Ellos tratarán con todas sus fuerzas de alcanzar mi meta.
Pronto llegará la final. Mi papel habrá terminado entonces y podré irme. En resumen: sólo habrá ganadores y perdedores. No importa quiénes sean los primeros. En definitiva son los perdedores los que importan, y rezo porque sean aquellos que lo merecen.

Dejarlo estar es muy fácil si uno está decidido a hacerlo. Vuelvo la mirada y siento ganas de reírme. Todo esto será cosa del pasado y yo mismo sólo seré un recuerdo, doloroso para algunos, vergonzoso para otros.
Mi trabajo se ha terminado. Lo que sucederá a partir de ahora, ya no lo sé. Mejor. Así no caeré en la tentación de intervenir y llevar las riendas.
El futuro guarda un sinnúmero de posibilidades que esperan hacerse realidad. No siento la menor curiosidad. Si fuera curioso, ¿me quedaría? No lo sé. Estoy cansado. También esto hace fácil dejarlo estar.