martes, 14 de abril de 2015

Fragmentos: Eleanor & Park.

ATENCIÓN: si no has leído el libro, no leas esto.

Cada vez que volvía a verla, desechaba el pensamiento.
Cuando la veía, no podía pensar en nada.
Salvo en tocarla.
Salvo en hacer cuando pudiera o fuera necesario para verla feliz.

- Deja de preguntar - se enfadó Eleanor. Ya no podía contener las lágrimas. - Siempre preguntas eso. Por qué. Como si hubiera respuestas para todo. No todos tenemos una vida como la tuya, ¿Sabes?, ni una familia como la tuya. En tu mundo las cosas suceden por una razón concreta. Las personas actúan con lógica. Pero en mi mundo. En mi mundo nada tiene sentido.

-No me gustas, Park - repitió Eleanor en un tono que, por un instante, sonó como si hablara en serio - Yo... -su voz casi se esfumó - creo que vivo por ti.

-Ni siquiera puedo respirar cuando no estamos juntos - susurró ella - y eso significa que, cuando te veo los lunes por la mañana, tengo la sensación de que llevo sesenta horas sin coger aire. Seguramente por eso refunfuño tanto y te contesto mal. Cuando estamos separados, me paso el tiempo pensando en ti, y cuando estamos juntos me invade el terror. Porque cada segundo cuenta. Y siento que he perdido el control. No soy dueña de mí misma, soy tuya. ¿Qué pasa si de repente te das cuenta de que no te gusto? ¿Cómo voy a gustarte tanto como tú me gustas a mí?

-Voy a poner fin a esto.
-No. Venga. No vale la pena.
-Sí - replicó él, furioso -. Tú vales la pena.

-No te preocupes - prosiguió ella - porque eras demasiado mono para mí, de todas formas.
-¿Te parezco mono? - preguntó él con voz espesa a la vez que atraía la mano de Eleanor hacia sí.
Ella se alegró de que Park no pudiera ver su expresión.
-Me pareces...
Hermoso, Arrebatador. Como esas bellezas de los mitos griegos capaces de hacer que un dios renuncie a su condición divina.

-Porque a mí me da igual, Park. Si te gusto a ti - continuó -, juro por Dios que nada más me importa.

-Ya lo sé - reconoció él, volviéndose a mirarla -. La próxima vez, me limitaré a decir: Eleanor, sígueme a este callejón oscuro, que quiero besarte.
-La próxima vez - prosiguió - me limitaré a decir: Eleanor, escóndete tras esos arbustos conmigo, porque me voy a volver loco si no te beso.

Salieron juntos al callejón. Escondido entre las sombras, Park se quedó mirando cómo Eleanor se alejaba hacia su casa, sola.
Ella tuvo que hacer esfuerzos para no volverse a mirar.

Eleanor parecía distinta, más apagada que de costumbre. No llevaba ningún adorno en el cabello ni trapos atados a las muñecas...
Seguía estando preciosa. Los ojos de Park la echaban tanto de menos como el resto de sí mismo. Quería correr hacia ella para decírselo: disculparse con ella y confesarle lo mucho que la necesitaba.

-Ni siquiera pronuncies su nombre - dijo -. Ella no es nada y tú lo eres... todo. Lo eres todo para mí, Eleanor.

-Los veo en el instituto... No sé, no los echo de menos. En realidad nunca he echado a nadie de menos más que a ti.
-Pero ahora no me puedes echar de menos - observó Eleanor -. Siempre estamos juntos.
-¿Hablas en serio? Te echo de menos todo el rato.

-No hay ninguna razón para pensar que un día dejaremos de querernos - insistió -. Y muchas para pensar que seguiremos juntos.

Park estaba vivo, ella estaba despierta y aquello estaba permitido.
Era suyo.
Podía poseerlo y abrazarlo. Quizás no para siempre - no para siempre, seguro - y tampoco en un sentido figurado. Si no literal. Y ahora. Era suyo. Y él buscaba sus caricias. Como un gato que te hunde la cabeza bajo las manos.
Eleanor acarició el pecho de Park con los dedos separados y luego le introdujo las manos bajo la camiseta.
Lo hizo porque quería hacerlo. Y porque nada más empezar a acariciarlo como lo hacía en su imaginación, le costaba parar. Y también porque... ¿y si era su única oportunidad?

-Puedes ser Han Solo - dijo él besándole el cuello - porque yo seré Boba Fett. Cruzaré el cielo por ti.


  • Park estaba cubierto de piel. Por todas partes. Y era tan suave y melosa como la piel de sus manos. Más gruesa y jugosa al tacto en algunas zonas, más parecida al terciopelo arrugado que a la seda. Pero era toda suya. Y maravillosa.
  • Ella también estaba cubierta de piel. Y la suya estaba repleta de terminaciones nerviosas supersensibles cuya existencia había ignorado toda su maldita existencia, pero que cobraban vida como hielo, fuego y aguijones de abeja en cuanto Park la acariciaba. Allá donde Park la tocaba.
  • Por mucho que la avergonzasen su barriga, sus pecas y los dos imperdibles que le unían el sujetador a la espalda, deseaba tanto las caricias de Park que todo lo demás perdía importancia. Y cuando él la acariciaba, no parecía reparar en ninguno de aquellos detalles. Algunos hasta le gustaban. Como las pecas. Le decía que parecían caramelo espolvoreado.
  • Quería que le palpase todo el cuerpo. Park se había detenido al borde del sujetador y solo había hundido los dedos en la cintura de los vaqueros, pero no había sido Eleanor quien lo había detenido. Nunca lo haría. Sus caricias no se parecían a nada que hubiera sentido antes. Jamás en toda su vida. Y quería sentirse así todo el tiempo. Quería empaparse de Park.
  • Nada era sucio. No con Park. No había nada de qué avergonzarse. Porque Park era el sol, y a Eleanor no se le ocurría mejor modo de explicarlo.
Cómo me mira.
Cómo si se tomara su tiempo.
No cómo si me deseara. Cómo si aplazara el momento. Hasta que no quede nada ni nadie a quien destruir.
Cómo se espera.
Cómo me rastrea.
Y siempre está ahí. Cuando como. Cuando leo. Cuando me cepillo el pelo.
Tú no lo sabes.
Porque yo finjo no darme cuenta.

Eleanor tomó entre las manos el precioso rostro de Park y lo besó como si hubiera llegado el fin del mundo.

Solo hay uno como él, pensó, y está aquí.
Él sabe si me gustará una canción antes de que la haya oído. Se ríe de mis chistes antes de que haya terminado de contarlos. Hay un lugar en su pecho, justo debajo de su cuello, que hace que quiera cumplir las promesas que le hago.
Solo hay uno como él.

¿Qué posibilidades hay de conocer a alguien que te inspire esos sentimientos?, se preguntó Park. ¿Una persona a la que amar por siempre, alguien que te quiera por toda la eternidad? ¿Y qué haces si esa persona ha nacido a medio mundo de distancia?

Park tendría que guardar aquel beso para siempre.
Aquel beso lo guiaría de vuelta a casa.
Tendría que evocarlo cuando se despertara asustado en mitad de la noche.

La primera vez que Park le cogió la mano, se sintió tan bien que todo lo malo se esfumó. La caricia fue más fuerte que cualquier herida.

El cabello de Eleanor capturaba el fuego del alba. Sus ojos eran oscuros y brillantes. Los brazos de Park no albergaban duda alguna.
La primera vez que tocó la mano de Eleanor, lo supo.

- Pase lo que pase - dijo Park -, te quiero.
Ella le rodeó la cintura con los brazos y él le abrazó los hombros.
-No me puedo creer que la vida nos diera esto - siguió diciendo Park - para quitárnoslo después.
-Yo sí - repuso ella -. La vida es una zorra.
Park la sujetó con fuerza y hundió la cara en su cuello.
-Pero depende de nosotros - afirmó con suavidad -. No tenemos por qué perderlo.

-Yo no temo afrontar lo que siento - objetó Park.
-Tú no - repuso Eleanor con la voz quebrada -. Yo.
-Tú - le dijo Park rodeándola con el brazo y prometiéndose a si mismo que no sería la última vez - eres la persona más valiente que conozco.

-Dame un beso de despedida. Solo eso - susurró.
Solo por hoy, pensó él, no para siempre.

Una cree que si abraza a alguien con todas sus fuerzas, lo tendrá más cerca. 
Una cree que se puede abrazar a alguien con tanta fuerza como para seguir sintiendo su presencia, grabada en ti, cuando lo esperas.

Cuando por fin se bajó de la camioneta, fue porque pensó que no soportaría seguir tocándolo y perdiéndolo una y otra vez.
La próxima vez que se separase de él, se dejaría parte de la piel.

Eleanor no le había escrito una carta sino una postal.
Con solo tres palabras.

Ella tenía razón. Nunca se veía bonita. Se veía como si fuera arte, y el arte no tiene que verse bonito; tiene que hacerte sentir algo.